Prohibir o no prohibir el celular. Ese parece ser el gran dilema de esta época: en clase, en eventos o en casa.
Lo que pasó en los colegios
Una nota de María Nöllmann en La Nación contó el caso de la Red Educativa Itínere, que prohibió los celulares durante la jornada escolar. Un año después midieron el tiempo de pantalla según los propios teléfonos de los chicos: seguían entre cinco y casi seis horas por día. Lo que cambió no fue cuánto lo usan, sino dónde.
Su director, Darío Álvarez Klar, lo dijo claro: “Colegio y familia somos patas de la misma mesa”.
La fuerza de voluntad no alcanza
Mi opinión: el problema no es que la tecnología sea mala. Es que está diseñada para que nos cueste soltarla. Y ahí la fuerza de voluntad sola nunca alcanza.
Por eso creo que la respuesta no es prohibir ni resignarse. La clave está en diseñar: acuerdos con uno mismo y con los demás, en pareja, en familia, entre amigos. Y sí, creo que las barreras físicas son necesarias en ciertos momentos. Guardar el teléfono en una caja, en una funda, en un cajón. No como castigo, sino como un desincentivo.
Cuando el cerebro se relaja
Cuando el celular realmente no está al alcance de la mano, pasa algo que ya casi nunca nos pasa: el cerebro se relaja. Deja de estar en alerta esperando el próximo mensaje. Y recién ahí volvemos a usar todos los sentidos: miramos, escuchamos, estamos.
¿En tu casa existe ese acuerdo, o cada uno improvisa el límite como puede?

